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Sofía y la caja de estrellas

Escrito por: Yina Guerrero

Al escuchar el timbre, indicando la hora de salida, me alejé corriendo del aula con mi mochila a cuestas. En casa me esperaba un nuevo rompecabezas, el último de la colección que me había regalado Tata, la abuela que vive en una esquina de mi cuadra.

Llegamos y salí del carro como rayo.

─Bájale un poco Sofía, un día de estos vas a terminar tirándote por la ventana.

Tenía tantas ganas de entrar, que no pude esperar a que mamá sacara el llavero de la cartera, así que toqué el timbre repetidamente para que la nana nos abriera la puerta… TILÍN, TILÍN, TILÍN.

─Maríaaaa ¡ya llegamos!

Mamá me miró con cara de incrédula, y antes de que me dijera algo, me esfumé como pólvora por la entrada. Tiré la mochila en un mueble y subí corriendo a mi cuarto. Simba, saltaba y movía la cola, siguiéndome por todo el camino.

─ ¡Yes! Al fin podré armarte ─abracé la caja cuadrada repleta de brillantes estrellas. Luego, la solté para admirar  con detenimiento, la hermosa galaxia pintada en la tapa.

─Sofíaaaa, baja a comer ya mismo. ─Al escuchar a mamá perdí la emoción del momento. Aproveché para sacarle la lengua, ya que no me veía.

─ ¡Sofía!

─Ya voyyy… ─me desplomé en mi cama, mientras zafaba los botones de la falda a cuadros y la camisa blanca, que completaban el uniforme.

─ ¡SOFIAAA!

─Ya estoy bajando.

Como iba tan deprisa, tan deprisa como siempre, me tropecé en la escalera y caí de nalgas. ¡PUUUM!

Sebastián se moría de risa, no existía alguna cosa que divirtiera más a mi hermano de cuatro años, que verme sufrir.

Para mi suerte no me dolió nada, nada, nadita, en verdad. Saqué la lengua y le lancé una mirada helada, tan fría y congelada como el mismo Polo Norte. Pronto me paré del piso y ocupé mi lugar en la mesa, apenas probé bocado.

─Mamá, me duele la panza ─puse voz de sufrimiento.

─ ¡Ah sí! Mira que tienes suerte ─me dijo─ en la cocina hay té de orégano, buenísimo para el estómago.

─Ehhh… pero ya se me está quitando ─le dije─ ahora siento que es la garganta la que me duele.

─En ese caso, una inyección te caerá de maravillas.

─¡Ahhh, no! ¡ Tampoco es eso! Falsa alarma mamá.

Como no estaba funcionando, evité seguir inventando cosas y me comí todo lo que había en el plato.

 

 

─Mastica despacio Sofía, no te tragues la comida sin masticar.

─ ¡Ya terminé! ─Grité.

─Está bien, puedes irte.

Me levanté de la silla como resorte y antes de dejar el comedor, mamá siguió hablándome.

─No tan rápido ─mamá me detuvo─ ¿qué vas a hacer?

─Voy a jugar con mi rompecabezas.

─Primero, haz la tarea.

─Pero, acabo de llegar del colegio.

─Descansa si quieres, tómate una siesta.

─Sabes que a mí no me gustan las siestas.

─Entonces, haz la tarea. Primero los deberes y luego la diversión.

─Está bien ─respondí desanimada.

Odio hacer tareas, a menos que sean de la clase de arte. Desde un día que ni me acuerdo, amo pintar, bailar y actuar, al contrario de hacer las sumas y restas, de aprender cuándo usar punto y coma o estudiar sobre aquella palabra extraña que da color verde a las plantas.

─Terminé ─volví a gritar, pasada la hora.

─De acuerdo, tráela para revisarla.

Llegué con mis cuadernos y muy mala cara, mamá se había empeñado en dañar mi momento, y yo, no iba a disimular ni un poco.

─Vamos, dámelos y vete a jugar ─me dijo.

De un brinco llegué a mi cuarto y tomé la caja del rompecabezas como si fuera el baúl de un tesoro, con mucho cuidado, saqué las cincuenta piezas de la caja. En la escuela me habían enseñado que la manera correcta de armarlos era comenzando por las esquinas, hasta completar el marco del cuadro y terminar el resto.

A mí, no me divierte esa forma de unir las piezas. Yo prefiero poner una por aquí, otra por allá, y hacer grupitos por todos lados. A mí me gusta sentirme libre y jugar como yo quiera, no como les gusta a las maestras que enseñan a armar rompecabezas.

Cuando lo terminé, me di cuenta que me estaba faltando una esquina de la estrella fugaz más bonita. Abrí la caja nuevamente y confirmé que estaba completamente vacía. Me levanté del piso, pero tampoco estaba encima de ella.

─¡Mamaaá! Sebastián me ha botado una pieza ─mi hermano explotó en risas en el pasillo─ ¡Mamaaaaá!

Tras el total silencio de mi madre, perseguí a Sebastián por toda la casa. Bajamos las escaleras y volvimos a subirlas, Sebastián iba pasando por debajo de las mesas y las sillas que iba encontrando. Como invasor, entró en mi habitación y desapareció. Miré en el armario y no estaba, tampoco detrás de la puerta.

─Sebastián, sal ya mismo de mi cuarto. ─Su risa le delató.

Solo faltaba un lugar por revisar.

─Lo sabía, aquí estás. ─Miré debajo de mi cama.

Sebastián no paraba de reír, escondido detrás de Simba, nuestro perro pulgoso y peludo, quien masticaba la pieza perdida.

 

─Simbaaaaa ─me molesté y me acosté en mi cama, puse la cara sobre la funda de almohada con círculos de colores. Escurrí un mar de lágrimas hasta enchumbar toda la tela.

Al rato, Sebastián se me acercó, con una nueva pieza del rompecabezas que él mismo había dibujado. Extendió su mano y me la puso enfrente, paré de llorar y lo abracé, ahora también con una sonrisa. Simba saltó sobre la cama junto a nosotros, entre ladridos y coletazos, nuestro perro nos bañó con su lengua.