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“¡Quiero aprender a escribir! Pero me falta una butaca, Pito y Baman”, de Gregorio Martínez.

Escrito por: Karina Castillo

La galardonada novela infantojuvenil del escritor Gregorio Martínez refleja una realidad que todavía aqueja la sociedad actual.

Se trata de la historia de un joven huérfano, de unos trece años, al que llamaban Pito. Tenía “la piel blanca y rastros de maltrato” y estaba siempre acompañado de su valiente y fiel amigo, un canino “flacucho y glotón” de nombre Baman. Al primero le ilusionaba el ir a la escuela, para aprender a leer y escribir, pero lo detenía la falta de un acta de nacimiento.

La única información que tenía de sus orígenes era que “su madre había muerto de una sobredosis y su padre se había ido en yola”. Sin embargo, encontró refugio en “un vecindario de gente buena pero muy pobre”, con todas las limitaciones que implica vivir sin una familia.

Pero sus deseos de superación eran más fuertes, por lo que se puso a trabajar para adquirir el requerido documento. La primera persona que “se la puso en China” fue el de la oficialía civil. Aun así, hizo de todo para cubrir el costo: limpiar vidrios, recoger y vender botellas, huir de malhechores y hasta de oficiales de migración. Nada lo detenía para alcanzar su sueño, que al parecer estaba a setecientos pesos de distancia.

Y es que, “todo el mundo disfruta de diferentes formas y Pito se emocionaba porque estaba cerca de su acta”, y de lo que consideraba su libertad y su carta a un futuro prometedor.

Salía temprano y regresaba por la noche, pasando antes por la casa del sacerdote, donde el monaguillo le apartaba comida y le ayudaba a contar el dinero recolectado en el día.

En su travesía, pudo conocer a Anna, una joven que trabajaba en una veterinaria y que cuidó de Baman cuando fue herido en una de sus aventuras por las calles de la ciudad. Gracias a ella pudo completar el pago del documento, el cual hizo entre filas y burocracias, y también obtener su flamante uniforme.

Sin embargo, el acta no fue el único obstáculo que tuvo que superar. Cuando llegó a la escuela, limpio y uniformado, pudo inscribirse, pero la maestra le dijo que le faltaba una butaca y que solo podía conseguirla a través del organismo oficial de educación.

Bastante decepcionado, siguió hacia adelante con su proyecto y durante semanas, bajo sol y lluvia, estuvo frente al lugar con un cartel improvisado que hizo con la ayuda de uno de los empleados, que decía: “¡QUIERO APRENDER A ESCRIBIR! … PERO ME FALTA UNA BUTACA PITO Y BAMAN”.

Estuvo en eso, hasta que llamó la atención de la prensa y de un político, y por fin le dieron su butaca. Él mismo la llevó cargada, recibiendo una ovación de toda su comunidad al entrar al barrio. Ya no era invisible, ya tenía un trato “preferencial” de las vecinas que ahora le daban el desayuno.

En los primeros días de clase, pudo conocer las vocales, algunas consonantes y otras cosas, acerca de la salud y cómo prevenir el virus del dengue. Pero esto no fue suficiente. Pito tuvo que aprender por experiencia propia, como todo a su corta edad, los estragos de esta enfermedad.

La novela de Gregorio Martínez es fluida, de lectura ligera y a la vez profunda. El autor ha creado personajes auténticos, ambientes ricos y diálogos vívidos, usando un lenguaje coloquial, lo que nos hace conectarnos y sentir junto a sus protagonistas sus emociones, éxitos y fracasos, así como el deseo de seguir adelante a pesar de todo.

El laureado escritor da detalles sin agobiar, conmueve sin deprimir, alegra sin irrespetar la tragedia. En su obra, cuenta la historia y denuncia de forma extraordinaria la cruda realidad, las situaciones de injusticia y las consecuencias de la irresponsabilidad social, ya sea por ignorancia o por omisión, sin dejar de lado el humor o la esperanza.

Este un llamado a abrir nuestros ojos, a escuchar y actuar ya que, como Pito, cada niño y adolescente tiene derechos inalienables de un nombre, una familia, techo, educación, protección, salud y alimentación y, bajo ningún concepto, deberían ser mendigados. En vez de sus carencias, es su cobertura la que debería estar a la orden del día.