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Octavio y Baltasar, de Juan Carlos Toral.

Escrito por: Karina Castillo

La historia de Octavio y Baltasar tiene un inicio de impacto: ¿por quiénes habían venido los buldóceres, mientras asustado despertaba un niño en su cama?

Se trataba de dos árboles de caoba, que todavía permanecían “de pie”, mientras el pequeño los veía “a través del rocío del cristal de su ventana”, a los que consideraba sus amigos.

Había aprendido a amarlos gracias a lo que le había contado su hermana, de que los árboles sienten, hablan entre ellos y se protegen con olores y “sustancias especiales”. Árboles que no solo se movían con el viento sino también “cuando escuchaban su voz”.

Creada por el escritor Juan Carlos Toral, esta historia es narrada en primera persona. En ella el autor, usando un lenguaje llano y rico en imágenes, cuenta las vivencias del niño protagonista con Octavio y Baltasar, cuyos nombres había descubierto por unas placas que tenían en sus troncos. Esos seres se convirtieron en un hogar para él, donde comía, dormía, y desde sus ramas exploraba y jugaba con animalitos alados.

Pero como a todos los seres vivos, a las robustas plantas les llegó su fin y el pequeño pudo notarlo cuando sus hojas habían perdido el color de la clorofila.  Por ello, esa mañana las sierras hicieron su trabajo. Luego que los vio “rotos” en el suelo, pudo contar con nostalgia sus años, “en los anillos de sus vidas”.

En su relato, el también galeno y apasionado gestor cultural, muestra gran sensibilidad, amor por la naturaleza y sentido de realismo. Temas como el rechazo y la aceptación, el ciclo de la vida y la muerte son tratados con naturalidad, envueltos en una narrativa comprensible y con sentido poético, complementadas por las hermosas ilustraciones de Omar Aranda, logrando así conectarse con el joven lector.

Esta es una historia fuera de lo común, fluida y honesta, que no busca sermonear, sino contarnos una experiencia que pudiera ser la de cualquiera de nosotros. Nos quedamos junto a su personaje principal, con todo lo vivido, con lo bueno y lo no tan bueno, dejando que “los momentos felices se fijen en nuestra memoria”, dándonos el impulso para seguir adelante y nunca perder la esperanza.