A+ A A-
A+ A A-

Mamá, a aquella caracola le está naciendo un mar

Escrito por:

 

Se la acercó al oído y escuchó olas. Ella no conocía el mar pero lo imaginaba. Su madre le había hablado de esa agua azul atrapada en un hueco y de los rizos blancos que eran como el cabello del agua y de la espuma blanca que era como la piel del agua. Lo que no entendía era cómo un mar tan grande con tantos peces y tantos corales y tantas aves y tanta arena, pudiera estar metido en esa espiral pequeñita. ¿Sería que la caracola tuvo tanta sed que se bebió el mar entero?

 

Barahona. Aquí hubo una vez un mar. Era como un espejo y cada mañana el cielo se asomaba a peinar las nubes. En el día, el sol tejía en el agua cadenetas de oro; en la noche, la luna bordaba encajes de plata. Las montañas bailaban en sus orillas al compás de las olas. Los valles caminaban ondulantes e iban con pastos y árboles y flores a visitar otros valles lejanos. Los ríos brincaban desde el tobogán formado por las piedras y se zambullían en la sal, muertos de risa.

 

Antes de ser tragados por las gaviotas, los peces se divertían volando un ratito y se preguntaban si el cielo era otro mar que nació al revés. Los barquitos perdidos regresaban a casa navegando por el caminito naranja construido al atardecer por el sol. Era hermoso, ese mar, e inmenso, casi tan grande como el cielo. Quizás era un pedazo de cielo desprendido.

 

Pero un día llegaron unos hombres con máquinas y fuego. Avanzaban rasurando el bosque con podadoras gigantescas y pintando los caminos con asfalto. Sembraron chimeneas en las orillas del mar que echaban tanto humo, que parecía que el agua fumara enormes cigarros. Tejieron enmarañadas tuberías que vomitaban líquidos rojos en el vientre de los ríos, llenándolos de cólera. Las aves emigraron: el agua turbia no les dejaba ver los peces, y éstos, creyendo que habían puesto un techo al firmamento,  murieron de nostalgia sin ver las nubes y las estrellas. A los valles, muertos de sed, les abrieron canales como heridas en la piel. El mar hervía de rabia. Tanto se calentaron sus aguas que se evaporaron.

 

Donde antes hubo corales, construyeron casas. Sobre la arena levantaron plazas comerciales, iglesias y pastelerías. En el recuerdo quedó el vaivén del agua donde el sol jugaba a construir espejos. Un ave solitaria, acaso buscando a la bandada que decidió mudarse, araba de vez en cuando el aire enrarecido y se posaba a descansar sobre la antena de televisión de alguna casa. En la casa de María, por ejemplo.

 

María. Así se llama la niña que encontró una caracola al lado de un árbol de tamarindo. Se la acercó al oído y escuchó olas. Ella no sabía que eran olas. Se lo explicó su mamá imitando con las manos el movimiento sempiterno del mar. Su mamá le habló también de la espuma y de la arena, de las aves y de los barcos, de los ríos y de los peces, de las montañas, de los valles y del cielo.

 

Todo era nuevo para María. Cuando ella nació, el mar ya había muerto. Ahora ella vivía en lo que fue su lecho. Con la caracola pegada a su oído, imaginó que los peces nadaban en su habitación y que un barquito anclaba en el techo de la casa. Imaginó que encontraba conchas bajo su cama y que en el jardín crecían algas gigantescas. Imaginó que a la caracola le nacía un mar. A veces lo que uno imagina, si es bueno, se realiza. Eso pasó con María.

 

Una mañana, mientras escuchaba el mar en su caracola, un hilo de agua mojó su rostro. María pensó que era agua de lluvia que se había apozado en la caracola. Pero el hilo de agua siguió saliendo y mojó su pelo, su pecho, su cuerpo entero. La probó: era salobre; entonces no era agua de lluvia. Con una mezcla de alegría y miedo, vio cómo el agua de la caracola formaba charcos en su habitación, se colaba hacia la sala y empezaba a inundar la cocina.

 

—María, ¿y esa agua? —preguntó alarmada su madre.

 

—Es el mar, mamá, está naciendo de la caracola —respondió María, emocionada.

 

—No hables tonterías, muchacha, y busca trapos para secar el agua —ordenó la madre, confundida. Pusieron trapos por todos lados pero fue inútil. La caracola seguía botando agua y, en poco tiempo, anegó toda la casa y también las casas de los vecinos.

 

Cuando llegaron la Defensa Civil, el Cuerpo de Bomberos y la Policía, el agua había cubierto los jardines. María se divertía viendo a las mecedoras y mesas boyar como pequeñas balsas y a las camas  navegar como trasatlánticos. Imaginó que las botellas de refresco llevaban dentro mensajes de náufragos perdidos en remotas islas y que las lámparas eran pequeños faros que orientaban a buques fantasmas que flotaban en la niebla.

 

Unos buzos, provistos con complicados aparatos, nadaron bajo el agua y localizaron la caracola de la que nacía el mar. La sacaron a la superficie y la sellaron con cemento y petróleo. La inundación se detuvo. Avisados de que la operación había sido un éxito, se presentaron al lugar el gobernador, el cura, el jefe policial, un científico y un artista.

 

El gobernador prometió reconstruir las casas dañadas si votaban nuevamente por él. El cura rezó para que el Señor no enviara otro diluvio en castigo por los pecados del barrio. El jefe policial garantizó que destruiría la caracola subversiva. El científico sentenció que, según sus cálculos, era imposible que allí resurgiera el mar. Y el artista…El artista no dijo nada; se alegró de tener un nuevo paisaje para pintar.

A la caracola amordazada la encerraron en una vitrina del Museo de Historia Natural.

 

El agua bajó. Todo volvió a ser seco, como antes. Pero nada hay que pueda contra la imaginación de una niña. María imaginó que allí nacería un mar…y nació. El agua empezó a brotar debajo de los árboles, en los callejones, al lado de las casas, en medio de los montes. Sucedió que todas las caracolas del barrio, que antes habían vivido en el mar y que se quedaron dormidas bajo la tierra, empezaron a llorar, entristecidas, por el encierro de su compañera. Lloraban agua salobre y gemían un sonido parecido al viento.

 

En poco tiempo inundaron todo el barrio. La gente abandonó sus casas olvidando las promesas del gobernador. Todos iban preocupados. Sólo María reía. Brincaba alegre sobre los charcos, partiendo el agua en millones de gotas que el sol convertía en luminosos diamantes. Apozaba un poco de agua entre sus manos ahuecadas y la lanzaba al cielo formando pequeños arcoíris que parecían pisa pelos. Un arcoíris más grande coronó la cabellera de las lomas, al final de la tarde, cuando el agua cubrió las últimas casas.

 

Desde entonces, en Barahona, está naciendo un mar. Como aún no es suficientemente grande, la gente dice que se trata de un lago, y lo ha bautizado Lago Enriquillo. María, en cambio, sabe que es el mar que una vez empezó a nacer de su caracola.