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Los tres cerditos

Escrito por: Fuáquiti

 

Por Roald Dahl

 

 

El animal mejor que yo recuerdo

es, con mucho y sin duda alguna, el cerdo.

El cerdo es bestia lista, es bestia amable,

es bestia noble, hermosa y agradable.

Mas, como en toda regla hay excepción,

también hay algún cerdo tontorrón.

Dígame usted si no: ¿qué pensaría

si, paseando por el bosque un día,

topara con un cerdo que trabaja

haciéndose una gran casa… de paja?

El lobo, que esto vio, pensó: «Ese idiota

debe estar fatal de la pelota…

«¡Cerdito, por favor, déjame entrar!».

«¡Ay no, que eres el lobo, eso ni hablar!».

«¡Pues soplaré con más fuerza que el viento

y aplastaré tu casa en un momento!».

Y por más que rezó la criatura

el lobo destruyó su arquitectura.

«¡Qué afortunado soy! -pensó el bribón-.

¡Veo la vida de color jamón!».

Porque de aquel cerdito, al fin y al cabo,

ni se salvó el hogar ni quedó el rabo.

El lobo siguió dando su paseo,

pero un rato después gritó: «¿Qué veo?

¡Otro lechón adicto al bricolaje

haciéndose una casa… de ramaje!

¡Cerdito, por favor, déjame entrar!».

«¡Ay no, que eres el lobo, eso ni hablar!».

«¡Pues soplaré con más fuerza que el viento

y aplastaré tu casa en un momento!».

Farfulló el lobo: «¡Ya verás, lechón!»,

y se lanzó a soplar como un tifón.

El cerdo gritó: «¡No hace tanto rato

que te has desayunado! Hagamos un trato…».

El lobo dijo: «¡Harás lo que yo diga!».

Y pronto estuvo el cerdo en su barriga.

«No ha sido mal almuerzo el que hemos hecho,

pero aún no estoy del todo satisfecho

-se dijo el lobo-. No me importaría

comerme otro cochino a mediodía».

De modo que, con paso subrepticio,

la fiera se acercó hasta otro edificio

en cuyo comedor otro marrano

trataba de ocultarse del villano.

La diferencia estaba en que el tercero,

de los tres era el menos majadero

y que, por si las moscas, el muy pillo

se había hecho la casa… ¡de ladrillo!

«¡Conmigo no podrás!», exclamó el cerdo.

«¡Tú debes de pensar que yo soy lerdo!

-le dijo el lobo-. ¡No habrá quien impida

que tumbe de un soplido tu guarida!».

«Nunca podrá soplar lo suficiente

para arruinar mansión tan resistente»,

le contestó el cochino con razón,

pues resistió la casa el ventarrón.

«Si no la puedo hacer volar soplando,

la volaré con pólvora… y andando»,

dijo la bestia, y el lechón sagaz

que aquello oyó, chilló: «¡Serás capaz!»

y, lleno de zozobra y de congoja,

un número marcó: «¿Familia Roja?».

«¡Aló! ¿Quién llama? -le contestó ella-.

¡Guarrete! ¿Cómo estás? Yo aquí, tan bella

como acostumbro, ¿y tú?». «Caperu, escucha.

Ven aquí en cuanto salgas de la ducha».

«¿Qué pasa?», preguntó Caperucita.

«Que el lobo quiere darme dinamita,

y como tú de lobos sabes mucho,

quizá puedas dejarle sin cartuchos».

«¡Querido marranín, porquete guapo!

Estaba proyectando irme de trapos,

así que, aunque me da cierta pereza,

iré en cuanto me seque la cabeza».

Poco después Caperu atravesaba

el bosque de este cuento. El lobo estaba

en medio del camino, con los dientes

brillando cual puñales relucientes,

los ojos como brasas encendidas,

todo él lleno de impulsos homicidas.

Pero Caperucita, -ahora de pie-

volvió a sacarse el arma del corsé

y alcanzó al lobo en punto tan vital

que la lesión le resultó fatal.

El cerdo, que observaba ojo avizor,

gritó: «¡Caperucita es la mejor!».

¡Ay, puerco ingenuo! Tu pecado fue

fiarte de la chica del corsé.

Porque Caperu luce últimamente

no sólo dos pellizas imponentes

de lobo, sino un maletín de mano

hecho con la mejor… ¡piel de marrano!