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Las carencias no impedían que fuéramos felices.

Escrito por: Víctor Reyes

En los años 70 la vida era muy barata todo costaba centavos, sin embargo el poder adquisitivo estaba por el suelo. Recuerdo que el pobre comía pollo los domingos y lo presumía, para que todo el mundo se enterara de que habían comido pollo en esa casa; las plumas en el zafacón las ponían visibles para que todo el mundo se enterara de que habían comido carne de esa apreciada ave.

En los barrios de la capital se vivían dos vidas, la que se vivía fuera de la casa y la realidad que se vivía dentro; incluso habían personas que el día que no tenían qué comer, salían a las doce con un palillo en la boca, para aparentar que habían comido, pero los que verdaderamente tenían las tres calientes, se daban el lujo de salir a comer a la galería para que todo el mundo los viera.

Los más pudientes tenían la costumbre de pasarle un plato de comida al vecino más cercano, cosa que era muy bueno, pero comprometía al vecino que recibía el plato de comida, porque este por agradecimiento debía devolverle otro plato de comida al vecino, pero imagínate tú, si ese vecino lo que estaba era comiendo arroz vacío ese día o no pasaba el plato que le tocaba o pasaba la vergüenza. Mi abuela (Mamá Caita) era especial, pues el día que en la casa no había compaña, ella esperaba que la vecina le mandara el plato de comida alante, y entonces ella le hacia un trabajito a la carne y se la devolvía con lo que ella estaba cocinando, para que los vecinos no se dieran cuenta que ese día nos tocaba comer arroz con habichuelas, pero sin nada de compaña.

La verdad es que, aunque vivíamos momentos de escasez, si me tocara nacer de nuevo, volvería a vivir exactamente la vida que me tocó vivir de niño, porque las carencias eran suplidas por el gran cariño que recibíamos.