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La bruja encerrada en el castillo

Escrito por: Kianny Antigua

En Santorí, la tierra donde todo es posible, había una bruja llamada Luna. Su madre, la bruja Teresa, le dio ese nombre porque su cara parecía un cuarto menguante.

A Luna le encantaba salir de noche a volar por los cielos y, aunque la bruja Teresa confiaba en su hija, siempre le daba consejos:

«No te alejes mucho del pueblo».

«No vueles muy rápido en la escoba».

«Cuidado con los árboles».

«Recuerda que aunque somos brujas, también somos humanas».

«A veces, la solución a nuestros problemas es más fácil de lo que pensamos».

Una noche clara, Luna se alejó un poco más de lo acostumbrado de su casa. De repente, La Brisa le trajo el olor de La Lluvia y decidió regresar. Pero era demasiado tarde.

La Lluvia había llegado.

La Nube miró a la bruja cara de luna y quiso hablarle, pero de ella sólo salió don Rayo que partió la escoba de Luna en dos. La Nube, preocupada, sopló y sopló para que Luna no cayera al suelo por su culpa. En su afán, vio la torre de un castillo abandonado y hasta allí la empujó su Viento.

Confundida, por La Lluvia, por El Rayo y El Viento, Luna se quedó dormida. Al otro día, El Sol generoso y tibio, la despertó.

«¿Dónde estoy? ¿Y mi escoba? ¡Sin ella no podré salir de aquí!».

Miró por la ventana y, a lo lejos, pudo ver su tierra. Gritó y gritó: «¡Ayuda! ¡Auxilio! ¡Mamá Teresa! ¡Por favor que alguien me ayude!».

Pero nadie la escuchaba. «Sin mi escoba, ¿qué voy a hacer?».

Entonces pensó que se dejaría crecer el pelo muy, muy largo para usarlo de escalera…

…Pero no, eso tomaría mucho tiempo y ella quería volver a casa lo antes posible.

«Voy a dormir hasta que un príncipe, o un ogro, venga a rescatarme…

…Pero aquí no hay cama y los príncipes, y los ogros, solo rescatan a las princesas».

«Voy a luchar contra el dragón volador y luego lo obligaré a que me lleve a casa…

…Pero aquí no hay dragones voladores».

«Voy a preguntarle al Espejo Mágico que me dé una solución…

…Pero el espejo está roto».

«Voy a construirme unas alas y saldré volando por esta misma ventana…

…Pero yo no sé construir alas».

Cansada de pensar y enojada con ella misma por haberse alejado tanto, se cubrió la cara y empezó a llorar.

El generoso y tibio Sol secó sus lágrimas y Luna entonces recordó lo que su mamá siempre le decía: «Recuerda que aunque somos brujas, también somos humanas».

Y así de fácil, ¡ante sus ojos apareció la solución!

Bajó las escaleras, se acercó a la puerta, giró el manubrio, y salió caminando de la torre.

Con emoción, corrió por el bosque hasta llegar a casa.

La bruja Teresa le dio un fuerte abrazo y muchos, muchos besos por todos lados. Luego le preguntó a su hija, ¿qué había pasado?

Luna le respondió: «¡Que, a veces, la solución a nuestros problemas es más fácil de lo que pensamos!».