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En tiempos de zafra

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—Mami, no te apure, que cuando yo sea má grande, te vuá a comprá una etufa de a verdá y un colchón pa ti, Criti y yo— le dice Jean a su madre, mientras esta remenea los tizones de un anafe con una percha doblada –a modo de atizador– para poder terminar de cocinar unos plátanos y un par de huevos sancochados.

 

Con la misma varilla doblada, saca los huevos, primero, y se los pone al niño enfrente para que él mismo les quite la cáscara.

 

—Mami, ¿cuándo Papi va a vení? —pregunta el niño, mientras sopla y resopla los huevos calientes. Ya sabe que debe enfriarlos antes de pelarlos.

 

—Tu papá tá en Haití a’onde tu abuela —dice Lourdes, algo nerviosa, mientras le prepara un poco de agua de arroz a la niña, y la endulza con los restos de azúcar morena que queda en el jarrito que hace de azucarera.

 

—No te preocupe´ mijo que él va a vení ´pa Navidá —le dice la madre al niño, aclarando la voz—. Y te va a traé tu’ muñequito’ que te gutan— agrega.

Al intentar desviarle la mirada al niño, que la mira fijamente con sus ojazos negros, se le cae la cuchara con que le sirve los trozos de plátano hervido. Recuerda el día que la camiona se llevó a Pierre, quien volvía de una construcción con el pico al hombro. No hubo tiempo de despedirse. Se enteró porque un vecino vino corriendo a traerle la noticia.

 

—Pórtate bien con doña Miguela y no pelee´ con tu manita. Cuídala y no la deje´ salí sola pa´ afuera. Ponte a ve´ la novela y no te queje´— le susurra Lourdes a Jean, mientras le da el biberón a Christina.

 

El pitié quiebra con sus deditos la cáscara de un huevo, de la misma manera como se quiebra algo en el interior de la madre cuando –al despedirse para salir a trabajar– el niño hala su vestido, la abraza y le dice:

 

—Mami, ven temprano. E´peraré por ti… y por papi… también.