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Emily y el pajarito Fui-fui

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Cuando escuchó el ¡pop! Emily miró instantáneamente. Un pajarito bien pequeñito había chocado contra la puerta de vidrio. Corrió a recogerlo. Lo tomó en sus manos, parecía muerto.

Sin tener claro por qué, se le ocurrió soplarlo repetidas veces por el piquito semiabierto.  Al cabo de unos segundos, el pajarito abrió los ojos —grandes para su tamaño—, pero todavía estaba mareado y sin fuerza.

Emily recogió agua en su mano derecha y le metió el piquito del ave en el pequeño pozo. Después de unos instantes, el pajarito empezó a tragar el agua, y ella sintió sus patitas moverse en sus dedos. «Buen signo», se dijo. Sus patitas eran tan delgadas como dos alambritos.

Lo colocó, luego, en el tope de la empalizada esperando que, de inmediato, volara; pero no se iba.  Al parecer aún estaba mareado. Lo tomó otra vez en sus manos y lo colocó en una cajita transparente con huequitos, la cual había pertenecido a dos tortuguitas. Permaneció observándolo.

Al cabo de un rato, el pajarito empezó a revolotear dentro de la cajita. Revoloteaba de un lado para el otro. Y cantó dos veces: fui, fui, fui, fui. ¡Una gran emoción la embargó con este sonido! ¡Supo, entonces, que el pajarito se salvaría!

Más tarde, cuando el pajarillo lucía más recuperado, lo condujo de nuevo al patio y le abrió la cajita.  Al principio, el pequeño parecía no darse cuenta de que se hallaba libre.

Entonces Emily dio toquecitos a la cajita. El pajarito la comprendió y salió volando con energía, como si nunca hubiera sucedido el accidente con la puerta de vidrio. Ella se mantuvo observando sus movimientos, hasta que se perdió entre los árboles de los patios vecinos.

A los tres días Emily se encontraba en el patio, sentada en una mecedora. En silencio contemplaba el desplazamiento de las nubes por el cielo. De pronto, muy cerca de sus oídos, escuchó: fui, fui; fui, fui.

¡Emily sintió un gran alborozo! ¡El pajarito había venido a saludarla! Batía sus diminutas alas y, posado en la mata de jazmín, se exhibía.

Durante todo el día la inundó una sensación de plenitud, de felicidad. ¡Bailó sola y silbó jubilosamente! El pajarito, además de hermoso, era agradecido. Mas, la gratitud de Emily era mayor, porque él le había regalado su canto y alegría.