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El parque mágico para todas las edades

Escrito por: Iván Payano

Mami, ¿Será tan grande y bonito como el abuelo decía? ¿Debe de estar muy contento por estar aquí?

–Bueno… el asilo se llama San Gerónimo, y sí es grande.

A pesar de estar al lado mío, mami, lo dijo sin mirarme y esa siempre era una señal de que no estaba muy convencida. Seguí mirando por la ventana hasta que llegamos. Nunca pensé que el nuevo sitio del abuelo tuviera tan poco color. Las paredes tienen el mismo trasnoche que su carota. No veo final en este pasillo con tantas puertas. ¿En cuál estará el abuelo?

Siempre que yo llegaba del colegio lo veía igual, sentado es su mecedora mirando los árboles del frente. Yo hasta los tres años creía que el abuelo y la mecedora eran la misma cosa, nunca lo vi en otra posición en todo ese tiempo. Pensaba que era un humano con partes de madera, una especie de Pinocho dominicano.

Siempre me contaba historias, lo raro era que la historia dependía del clima. Si el día era soleado las historias tenían finales muy poco felices; si el día era nublado las historias eran chispeantes y con finales explosivos, creo que él contaba las historias al revés de cómo a mí me hacía sentir el clima.

La mejor fue la historia de los conconetes, cuando yo todavía no sabía lo que era eso.

–«Mi querido nieto… te voy a contar la historia de uno de los alimentos más ricos del mundo.

Con azúcar y con leche

se prepara el coconete.

A usted le va a encantar

es un manjar sin igual.

Un día bien soleado una señora formó, con su masa de harina, leche, azúcar y coco montoncitos de conconetes y los metió al horno. Cuando estuvieron listos los puso a enfriar, pero un grupo de hormigas, que pasaban por el lugar, tomaron uno y le llevaron tan sabroso manjar a su reina. A la soberana le encantó el alimento y nombró a un grupo de exploradores que debían buscar más de ese alimento tan delicioso. El líder del grupo era un poco despistado y la primera vez regresaron al hormiguero con un estropajo de fregar. Luego llevaron un pedazo de musú. Ya cansados dieron con un pedazo de conconete más duro que si fuera hecho de concreto, pero por fortuna, la reina lo encontró delicioso. Y así dieron feliz fin al tema del conconete hasta que la reina pidió más, más, más y tuvieron que volver a buscar».

–«Tú debes saber que el conconete llena hasta el copete cuando lo pones en el taburete y hasta en los mofletes te pone colorete».

Al final de cada historia el abuelo terminaba halándome los cachetes.

–Michael, ven tenemos que encontrar a tu abuelo –me dijo mamá- dándome un empujoncito mientras yo iba lento contemplando las puertas.

–¿El abuelo quiso venir él solito?

–Tu papá y yo no podíamos darle sus alimentos porque trabajamos mucho y a tu abuelo solo le gustan los huevos. Cuando se quedaba en la casa solo, lo único que comía era huevos. Salcochados, revueltos, fritos y hasta asados. Se puso malito del estómago y por eso lo trajimos aquí.

Llegamos a una gran sala donde había muchas personas “medio mecedoras-medio humanos”.

Crucé cerca de una señora que tenía la cara del tiempo, pensaba que solo el abuelo tenía la cara del ayer. Pero me dijo con dulzura – ¡Qué bonito niño!- Y me haló los cachetes, perece que el tiempo y los cachetes son buenos amigos.

–Mami, ¿qué es este lugar?

 

 

–Es un lugar donde gente buena cuida de gente aún más buena como tu abuelo.

Yo sentí que no entendí, pero seguí caminando. Las personas de madera seguían mirándonos.

Al final de la sala vi al abuelo. Se balanceaba adelante y atrás, adelante y atrás. Puso una gran sonrisa en su cara cuando nos vio.

Yo me acerqué corriendo y lo abracé. Sentía que temblaba como gelatina de la nevera.

–¡Hola Michael!

–Bendición abuelo.

–Dios te bendiga. ¿Cómo estás?

–Bien abuelo. Pero quiero que estés en casa.

–Bueno… aquí preparan ricos huevos, ¿sabes?

–Siempre piensas en los huevos abuelo.

–Es que son muy ricos. En todas sus formas.

–Bien. Pero, ¿por qué está tan calmado el parque?

–Lo que pesa es que este es un parque para gente que está un poco cansada.

Comencé a mirar para tratar de ver la gente cansada pero solo veía a gente descansando de sus labores. Estaban como mis padres cuando llegan del trabajo, leyendo, viendo la televisión, escuchando el radio, viendo álbumes de fotografías o jugando cartas. No vi a nadie que pareciera cansado.

–Pero abuelo, todos se ven descansados.

–Bueno…

–Solo tenemos que animarlos un poco. Digamos las palabras mágicas que tú siempre me dices para animarme: ¡Chambalum!

Grité con todo mi fuerza: ¡CHAMBALUM!

Todos voltearon a mirarme y ese momento pasaban dos de los descansados, cada uno en una silla de ruedas. Una carrera, pensé.

Se lo dije a mi abuelo y pensó que hacer una carrera sería una muy buena forma de animar el parque. Él habló con los encargados del parque y ellos dijeron que todo el que quisiera participar podía hacerlo.

Se organizó un espacio en el frente del parque; justo donde está la estatua de Cristo con los brazos extendidos. Se dibujaron líneas en el suelo y se colocaron los descansados en la salida. El premio sería un CD con villancicos, yo no entendía para qué en el mes de julio. El abuelo decoró la silla que  usó con la palabra eclipse. Eran cinco los competidores y el abuelo estaba en el centro.

Cuando salieron, yo lo animaba: ¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Abuelo!

El abuelo tenía una gran sonrisa, pero no se le hacía tan fácil avanzar como los demás y llegó en último lugar.

No gané Michael, pero gracias por hacer que me divirtiera tanto –me dijo el abuelo mientras me halaba los cachetes.

A los encargados del parque les gustó mucho la idea y dijeron que harían actividades como esa con más frecuencia, para cansar un poco a los descansados.

Yo le prometí al abuelo que volvería pronto con el permiso de mi madre. Luego le dije que debía dejar de comer tantos huevos y él se rió mientras yo le halaba los cachetes.