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El DESBACHO

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El universo de los “carros viejos” o el calvario de nunca acabar

Se admite que con el uso prolongado de un carro, llega un momento en que “comienza a dar problemas”.
Aunque “resuelve” lo más apremiante, el calvario que se vive con un carro viejo es la de “nunca acabar”. Por eso dicen que quien quiera lo peor para un “amigo” debe regalarle un carro viejo.
No bien se resuelve la “pela” de una pieza problemática, cuando de repente aparece otra “cancaneando”.
Son muchos los que pasan años víctimas de la problemática de un carro viejo.
Desde que amanece comienza el tormento. Es posible que el carro no arranque y haya que empujarlo, o ponerle los cables si es “automático” y aparece un vecino para “yompearlo”.
Desde ese momento el dueño coge un “quille” que solo se tranquiliza cuando “la costumbre” ha hecho ley.
Durante el día debe cuidarse de los tapones, porque ahí es que “la puerca retuerce el rabo”, si por ejemplo sube la aguja de la temperatura, por falta de aceite o por problemas del radiador.
En cualquier “hora pico” al más hábil con el “guía” lo atrapa un tapón. No importa que conozca uno que otro “atajo” en el entorno.
En uno de los tapones de ahora en largos tramos sin retorno, cualquier percance del carro viejo hace que el conductor se desmonte, mire hacia arriba, y exclame: “trágame tierra”.
Así pasan los meses, quedando pendiente “cambiar” el carro viejo, por otro de “segunda mano”. Si no aparecen los “melindres”, y continúa la “malaria”, “no hay de otra” que soportar un “hígado” de cuando en cuando, que puede terminar en úlcera, complicándose la situación en la familia.
La “población” de carros viejos crece y se extiende como la verdolaga. Por cada carro viejo sacado de circulación bajo la etiqueta de “chatarra” entran cinco carros “envejecientes” al mismo universo social de gente que no puede aspirar otra cosa si se mete en préstamos de típica usura.
Una dinámica de publicidad presiona con espejismos sociales y puros trucos mercadológicos, a favor de las más disímiles marcas y modelos, no importa que los atraídos o soñadores se metan en camisa de once varas.