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El arquitecto y/o constructor

Escrito por: Raúl Pérez

El arquitecto es un profesional normalmente con vocación artística y creatividad.  Debe mantener su imaginación al estilo de una parábola captadora de imágenes de su universo circundante.

A ese artista se le llama y convoca para diseñar un edificio con determinadas características básicas, en un solar que también tiene sus propias particularidades.

El arquitecto tiene que hacer su trabajo cumpliendo en el deber ético de dar plena satisfacción al diseño que desean o pretenden sus clientes, a partir de lo que se puede hacer en el solar disponible.

Es posible que el solar resulte pequeño para lo que se pide. Tal vez la parte frontal del edificio deberá quedar del lado contrario a lo que según “el librito”, es lo más favorable en términos de la ubicación del sol, las corrientes de aire y cualquier otro factor favorable o adverso en la proximidad, como un vertedero improvisado, o una industria que emane gases tóxicos, por ejemplo.

En todo caso, el arquitecto debe resolver, porque ese es su reto profesional y artístico, y para eso se le paga aunque habría que ver si la competencia o sus necesidades le permiten cobrar lo que realmente vale su trabajo, a la luz de un “galopante” proceso inflacionario.

Diseñado el edificio, su construcción por lo general, se toma más del tiempo previsto, eventualmente atravesando un tortuoso proceso de precios o de “caprichos” de los dueños, que suelen imponer al arquitecto hacer modificaciones, sacrificando o no lo esencial de la obra concebida originalmente.

A distancia no se capta todo el intríngulis del conjunto de elementos que intervienen en la llamada “terminación” del proyecto. Desde la ubicación de la odiosa planta eléctrica, que hubo que instalarla en el punto menos adecuado, pasando por lo que imponen ciertas características del entorno, hasta todo lo que se presenta o había que resolver en el interior o exterior de la edificación, a gusto o no del arquitecto-constructor.

Habría que ver las angustias o apuros que soporta el arquitecto-constructor  desde el momento que inició la obra hasta aquel en que se la reciben.

O sea, como decía el comercial, “desde la varilla inicial, hasta la pintura final”.