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Cómo nació la luna, de Juan Bosch.

Escrito por: Karina Castillo

“Los cuentos se mueven como remolinos… dibujando círculos más allá de los círculos. Conectan toda la humanidad”. Elif Shafak.

Cómo nació la luna, del laureado escritor dominicano Juan Bosch, es más que una historia de las que tantas hay acerca de nuestra compañera nocturna. Es un relato hermoso, fluido e ingenioso que siembra la semilla de la esperanza y da alas a la imaginación.

Inicia en “tiempos muy lejanos, que no puede recordarlos ni el abuelo, ni los viejos que haya en el pueblo”, y trata acerca de un indio* “extremadamente bueno y obediente”, conocido como Niguayona, con ojos y piel del color de “las hojas de cacao secas”, quien amaba la naturaleza y apreciaba hablar con unas aves llamadas higuacas**.

Un día, la hija del jefe de la tribu, de nombre Atariba, enfermó y nuestro protagonista estaba muy triste. Tanto era su interés por su bienestar que fue llamado a buscar “caimoní” ***, una planta que podía curar a la niña.

El jovencito tuvo un camino tortuoso. Estaba cansado y casi desfalleciendo cuando encontró un árbol de mangos. Se sintió esperanzado aunque, en vez de tomar uno para él, lo guardó para la enferma.

De pronto, “el bosque se llenó de sombras”, pero Niguayona mantenía el fruto en su regazo. Luego de escuchar unos pájaros que cantaban para animarle, surgió una voz que decía “yo subiré al cielo para alumbrarte”. Cuál fue su sorpresa al descubrir que esa voz provenía del mango. De inmediato, este último subió al cielo permitiendo que “una luz agradable cayera sobre el bosque”.

Emocionado, el muchacho pidió permiso al río para cruzarlo, y este le respondió con un “vozarrón” que buscara en sus aguas el caimoní, y así lo hizo.

Sin embargo, nuestro héroe no soportaba el hambre y pensó iba a morir. Entonces, la fruta que se había convertido en astro, descendió para que su amigo pudiera comer un poco y así proseguir su camino.

Cada noche se repetía este proceso, hasta que el niño llegó al poblado y pudo salvar a su amiga. Sin embargo, al paso de unas semanas, el mango sorprendentemente recuperó su forma completa, y brillaba con todo su esplendor en el firmamento. Este fenómeno continuó hasta que Niguayona y Atariba se hicieron adultos y formaron su propia familia.

Y de esta forma, el extraordinario cuentista, ensayista y novelista relata su versión del origen de la luna y sus fases, en una especie de leyenda fantástica. Con su narrativa vívida, casi palpable y en ocasiones poética, enamora al lector, conquistándolo tanto con sus personajes como con su “idea” de los hechos.

Este cuento es un canto a la vida, a la naturaleza, al amor y es una invitación a ver y disfrutar el mundo con los cinco sentidos y a luchar por los sueños. Con su singular voz, Juan Bosch ha manifestado, no solo su maestría creativa sino también  una excepcional empatía con el joven lector.

Por más historias como estas, puras, inspiradoras y amenas, cualidades claves de la auténtica literatura universal que trasciende mundos, culturas y corazones.

*Nombre que se le daba a los aborígenes en América

**Higuacas: Nombre taíno dado a las cotorras

***Caimoní: Arbusto nativo de la República Dominicana