A+ A A-
A+ A A-

Artículo de Sergio Forcadell

Escrito por: Fuáquiti

Las bofetadas del tiempo

El tiempo, aunque no lo crean, da sus buenas bofetadas, y a veces duelen más que si las sonaran con las manos. Recuerdo bien cuando recibí la primera. Fue en el momento que alguien, no recuerdo quién, se dirigió a mi persona diciéndome: oiga, por favor puede decirme donde está la calle tal… Hasta el momento, y como muchacho, siempre me habían llamado de tú: oye José, ven Pepe, mira, anda, vete, trae… de repente, alguien notó la barba incipiente de la adultez y pasó al “usted”, sin aviso y por la espalda.

En otra ocasión, con más edad amontonada en la cédula de identidad, otra persona me otorgó el grado de ¨señor¨: lo llaman por teléfono, señor es para usted… no solo me habían arrebatado tiempo atrás el tuteo, sino que ya era oficialmente señor, no José o Pepe, sino señor José o señor Pepe. Fue la segunda bofetada y dolió aún más que la primera.

Unos años más adelante del calendario, un guardián me dijo…oiga, “don”, no puede parquearse allí… me di cuenta que la gente comenzaba a llamarme don, la imagen del padrino, el beso de respeto, el andar pausado, las canas y el anillo fue apoderándose de mis adentros. don José, don Pepe… el don de la familia. Ya eran tres las bofetadas del tiempo y aunque lejanas cada una de ellas, su dolor aún era fresco como una mañana de otoño.

La cuarta fue horrible. Me encontraba en la universidad comentando con una alumna un tema de la clase cuando el bedel, todo cortesía, me anunció: “profesor”, cuando acabe de hablar con su hija vaya a juntarse con el decano… ¡pero si la muchacha tenía 22 años y yo apenas frisaba los cuarenta!, ya podía tener una hija mayor de edad mientras mis hijos apenas entraban en la pubertad. ¨Tempus fugit¨ recordé. El tiempo corre. Cruel pero verídica sentencia latina.

La última bofetada, la que completaba los cinco dedos de la edad y, hasta el momento, fue la vida. Sucedió hace poco, mientras esperaba mi turno en un banco. En el mostrador había un cartel servicial que rezaba: “los mayores de 65 Años no tienen que hacer fila”. Me alegré infinito pues si bien habría unas veinte personas delante de mi, yo aún estaba en los 63 y no en los fronterizos 65 que marcan psicológicamente el paso hacia el retiro y la jubilación., me regocijé por ello, valía la pena la espera aunque fuera larga y tediosa. De repente, una de las empleadas se dirigió de manera clara e inequívoca a mí y dijo: señor, pase al mostrador, usted ya no tiene que hacer fila. Un hierro candente de tiempo marcó el momento.

Pero, de repente, como un milagro venido de la experiencia, el espíritu práctico de los años se sobrepuso. Adelanté rápidamente a todos los que aguardaban pacientes su turno, caminé con un poco de vergüenza y algo más encorvado para acentuar la edad y disimular así los dos años que me otorgaban de más. Realicé mi trámite y me fui contento de saber que, aun prematuramente envejecido, por lo menos le había ganado una hora y media a mi vida. Puede no parecer mucho, pero a ciertas edades la teoría de la relatividad del tiempo de Eisntein cobra una nueva e inusitada vigencia.