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Artículo de Sergio Forcadell

Escrito por: Fuáquiti

¡Socorro, ya vienen las elecciones!

Este fin de año, en lugar de entrar la brisa fresca y renovadora de la Navidad, además de un calor puramente veraniego, se siente ya los ventarrones calientes de las elecciones. No importa que sean presidenciales o congresionales, vienen con las mismas propuestas aburridas y repetitivas de toda la vida para hastío y desesperación de los ciudadanos, que debemos soportar los rigores de tantas campañas absurdas, enervantes y costosas.

Preparémonos de nuevo – porque hay que prepararse física y mentalmente – para ver docenas y docenas de caras feas, muy feas y feísimas, salvo alguna fémina, excepción, en millares de afiches poco atractivos y en vallas y más vallas, vayas por donde vayas. Ya están las computadoras comenzando sus trabajos de photoshop a todo vapor, quitando cicatrices, lunares, arrugas, rebajando barrigas y papadas, ¨esteriscando¨ pellejos en párpados, mejillas, afinando bigotes, disimulando canas, calvas, entradas y mil supuestos defectos estéticos más, para tratar de mejorar la apariencia real de unos elegibles que, como una premonitora mentira electoral, quieren mostrarse diferentes de lo que en la realidad son.

Ya están en marcha también los cerebros que tras meses de febril trabajo creativo llegan a propuestas de comunicación tan avanzadas como Mi diputado, Tu diputado, Mi regidor, Tu regidor, Mi amigo, Tu amigo, Mi servidor, Tu servidora, ¿por qué no son un poco más originales, atrevidos y veraces y ponen algo así como Fermín el Loco de Villa, o Juan el Trepador o Mario el Mujeriego o Papito el que estuvo en La Victoria? por lo menos se distinguirían bastante de los demás contendientes.

Si el asunto de anunciarse pasa a la televisión entonces, ya se sabe, veremos los aburridísimos bandereos de un grupito de seguidores con pavas en la cabeza, sonrientes y felices, con el himno del partido de fondo musical, en un supuesto baño de reconocimiento y popularidad cívica y rural. ¿Y qué decir del spot del candidato trajeado en su despacho, más tieso que si se hubiera desayunado con una libra de almidón, leyendo como sabe o puede el texto del anuncio, con un afiche de líder atrás y bien visible?

¿Y los del paseo prometedor por las callejas del barrio pobre abrazando a la doñita desamparada de la fortuna, al viejo desdentado y hediondo o al muchachito descalzo, para después lavarse y desinfectarse a fondo? ¿Es que no hay mayor capacidad de inventiva entre los políticos? Un país donde el ingenio hace que un compañero de congreso vote por otro mientras va ver a la novia o a ultimar un negocio, o donde funcionarios se sacan por arte de magia para ellos mismos un millón de pesos mensuales de jubilación, debería tener mejores ideas para promover sus candidaturas.

Y no hablemos de las peinadoras, o mejor dicho ensordecedoras, esas barbaridades móviles y contaminantes de decibelios al por mayor y al detalle que se suman a la vorágine del ya caótico y ruidoso tránsito de la capital ¿por qué no se prohíben bajo pena de destierro o inhabilitación  perpetua del político contratante? No sé lo que harán ustedes, pero un servidor está buscando una cueva dentro de una roca, en una loma muy alta de una sierra lejana e inaccesible donde ni los afiches, ni la radio, ni la televisión, ni los móviles puedan llegar con esas cosas esperpénticas llamadas anuncios electorales.