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Artículo de Sergio Forcadell

Escrito por: Fuáquiti

De biología política: Involucionar de persona a cosa

En principio uno creía ser, por la condición de haber nacido persona, un ente racional con una determinada inteligencia desarrollada a través de la evolución de la especie humana durante cientos de miles años, hasta alcanzar la condición un cerebro ¨ sapiens ¨ de unos 1.100 ó 1.500 c. c. de masa encefálica, capaz de hacernos discernir cosas que suceden a nuestro alrededor, y sobre todo, comprender si estas están bien o mal hechas, y si son beneficiosas o perjudiciales para la sociedad donde vivimos.

Pero, he aquí que cuando vemos que un gobierno dedica menos de un 2% de presupuesto a sanidad y dice que la cosa de la salud está bien porque se construyen clínicas y hospitales insuficientemente equipados, mientras el dengue, el zika y otras enfermedades aún más peligrosas hacen de las suyas como si tal cosa, entendimos que ya no se nos considera como seres racionales, sino como unos animalitos de sangre caliente, digamos unas graciosa rolitas de nuestros campos, que poseen una inteligencia natural pequeña, pero suficiente para sobrevivir en un ambiente silvestre, y que con frecuencia acaban guisadas en un plato de mesa como riquísimo manjar criollo.

Más tarde, cuando se nos demostró, mediante frases cortas, pero contundentes como la de “no ha lugar”, que la corrupción más rampante y descarada desde las orillas oficiales o privadas continua bajo la más absoluta impunidad, y tan campante como el llamado Juancito el Caminador, comprendimos que rebajaron nuestra capacidad de entendimiento a la de un insecto, o un caracol baboso que trepa lento por la pared, poseedores de un cerebro mucho menor del tamaño de una cabeza de alfiler que responde a un complejo sistema inferior e instintivo. Además el caracol es vegetariano, baboso, rastrero, lleva cuernos y además cree, el pobre, que la casa que lleva encima es suya. Un verdadero insulto para muchos.

Posteriormente, cuando se nos dice que la delincuencia ha descendido, estadísticas en mano, afirmando que se había reducido un porcentaje importante, y al constatar en propia piel y billetera cómo casi todos hemos sido víctimas de robos, asaltos u otros delitos peores, al ver cómo la gente atrinchera sus vidas entre rejas y alarmas, o detrás de poderosas mandíbulas de perros bravos, entonces creímos que se nos descendía de manera premeditada y perversa a los últimos lugares de la escala animal, algo así como si fuéramos unos protozoos unicelulares, o unas amebas de esas que tanta guerra dan en los intestinos.

Hace muy poco, cuando se nos explicó que la reelección presidencial era un sentimiento nacional tan extendido, encuestas y apoyadores en mano, que no hacía falta ni consultarlo ni con los chinos de Bonao, y que debía modificarse la Constitución solo para esos fines, sentimos que nos reducían sin la menor vergüenza al nivel mental de un ñame o un repollo de ensalada, sin la más mínima y triste neurona pensante, como si viviéramos en un el más puro estado vegetativo.

Por último, al someternos de manera tan sádica como masoquista a numerosas, horribles y costosas campañas políticas para elegir un presidente casi elegido, vimos que nuestra capacidad de involución tocó el peldaño más bajo posible, al valorarnos, ya no como seres vivos, sino como a cosas inanimadas, simples y vulgares, como un montón de tierra, un palo seco, o una pupú de gallina.. Y como las cosas inertes no piensan, ni viven, ni padecen, se puede hacer con ellas lo que se quiera. Parece que es cuestión de simple biología. De biología política, claro.