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Artículo de Karina

Escrito por: Fuáquiti

Número Ocho, de Farah Hallal.

La novela titulada “Número Ocho”, de la premiada escritora Farah Hallal, nos cuenta la historia de un niño que vivía junto a su madre y su abuelo paterno en un municipio llamado Los Limones, situado en un parque nacional.

La misma es narrada en primera persona por el protagonista, Matías, quien pasaba el tiempo entre la escuela, ayudando a su madre y observando junto a su “Papabuelo” a un gavilán que rondaba por la zona, que era parte de un proyecto de protección animal y al que unos investigadores habían identificado como “Número Ocho”. Existía una conexión especial entre el niño y el ave. El primero consideraba al animal como su mascota, pero a veces sentía que el pájaro era su dueño.

El abuelo, que tenía una pierna muy enferma, era el confidente y consejero del pequeño. Hablaban de todas las cosas importantes y de la vida, en especial de qué era ser un verdadero hombre. Cuando Matías no entendía alguna palabra, no dudaba en consultar el diccionario que el anciano tenía en su habitación junto otros “tesoros”, entre los que estaba una armónica. Aunque en ocasiones, cuando no quedaba conforme con en lo que encontraba, decía: “qué cosa tan burra es a veces un diccionario”.

A propósito de definiciones, hay paradas dentro del texto, donde se muestran acepciones de un mismo vocablo, haciendo participar al lector en la búsqueda de significados.

El narrador nos cuenta de su madre, que vivía quejándose de su situación y del padre de Matías, que se había ido sin avisarle. Hasta que un día no aguantó más y ella se fue a Sabana de la Mar, su pueblo natal, a buscar trabajo y así ayudar a su hijo y suegro.

También nos habla de la “niña doble”, Belle o Belkys, que había venido de Haití y era criada por su vecina Nana. Ella se había convertido en su amiga y cómplice, con la excusa de que él le enseñara a leer, o al menos eso pensaba.

Matías, relata sus aventuras con Lucero, el caballo pulgoso con nombre de mujer y de las historias con Juan Cimarrón, “el loco” de la comunidad.

El narrador va y viene dentro de la trama y describe en introspectiva análisis de sus impresiones y visión del mundo que lo rodeaba, así como de sus memorias, como si se tratara de historias paralelas.

Un niño, su abuelo, un gavilán, una niña con dos nombres y dos idiomas, un diccionario que sirve de consulta y de consuelo, un caballo llamado Lucero, aunque fuera macho.

Pero Matías no podía más, lidiando con las fiebres del abuelo y el no saber de su madre, por lo que ideó un plan para ir a buscarla. Para ello, pidió ayuda a su “amiga doble”, para que guardara su secreto y cuidara de su Papabuelo.

Salió con un mapa, pero no contó con que las cosas son más grandes y las distancias más largas en la geografía natural. Por esto, el jovencito se desapareció por varios días y tuvo que aprender a sobrevivir en la intemperie y hallar refugio en una cueva, en el monte.

Un niño abandonado dos veces a su suerte conocería la aventura, la esperanza y qué tan fuerte era el amor por su familia.

Fue un incendio forestal en el parque lo que activó a las personas de Los Limones, llamó la atención de tres alcaldes que supuestamente debían vigilar y proteger esa reserva nacional y desató la búsqueda de Matías hasta encontrarle junto a su padre, que en realidad había salido de la cárcel.

La prensa local e internacional siguieron la historia hasta dar con el niño y apagar el fuego. Número Ocho fue clave para encontrarle, ya que como bien decía Matías, el ave lo poseía a él y siempre andaba cerca.

Esta novela no es para leerse de prisa, sino con calma y cuidado, en silencio, y quizás hasta podamos escuchar a Número Ocho llamando.

Farah Hallal emplea varias técnicas como la retrospectiva, el paralelismo, historias dentro de otra historia, simbolismos, un lenguaje en ocasiones poético y en otras coloquial, la personificación (Lucero es casi humano), y con su narrativa produce en el lector emociones, arrancando risas, lágrimas, frustración, pero siempre esperanza.

Podemos aprender junto a Matías qué es la integridad, la verdadera hombría y que un evento puede tener varias versiones, según los ojos de quien lo mire.

A su vez, el valor de la libertad, el desapego a las cosas perecederas, y el apego a la vida, la identidad, la familia, el cuidarnos unos a otros, que en la unión está la fuerza para vencer cualquier obstáculo, sea este el mar, un monte, un fuego, o simplemente la ignorancia.