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Artículo de Karina

Escrito por: Fuáquiti

De carta en carta, de Ana María Machado.

 

Esta peculiar historia sucede en “una ciudad de calles estrechas, bonitas iglesias y plazuelas… con torres que no servían para nada” y recuerdos de tiempos más ricos.

La acción se desarrolla en un lugar llamado “Plaza de los Escribidores”, donde personas redactaban y leían cartas para aquellos que no podían hacerlo por cuenta propia. Unos usaban máquinas de escribir, mientras otros lo hacían a “puño y letra”.

Trata de un niño llamado Pepe y su abuelo José. Vivían en una casa junto a otros miembros de la familia: cuatro niños y sus padres. Su madre Teresa era hija de don José.

Todos los pequeños iban a la escuela, excepto nuestro protagonista, que prefería quedarse en casa junto al anciano, que en otro tiempo había sido jardinero. Abuelo y nieto eran almas gemelas, aunque discutían por todo: sobre cómo sembrar, qué trabajo realizar. Ambos eran orgullosos y no les gustaba admitir que se equivocaban.

En una de sus habituales debates, don José se molestó y le exigió una disculpa a su descendiente, pero este decidió irse tras un portazo, aunque luego pensó excusarse por escrito.

Con toda su rabia llegó hasta la Plaza y le dijo al escribiente de turno acerca de su predicamento, que necesitaba una carta, pero que no tenía dinero para pagarle de inmediato. Este se apenó de que el niño no supiera escribir, por lo que ofreció ayudarle con la condición de que visitara la escuela y luego le contara qué le había parecido. A regañadientes, el jovencito aceptó y procedió a dictarle la carta que era más bien un insulto a su abuelo.

Al otro día se levantó temprano y con su uniforme puesto le entregó la misiva al abuelo y marchó hacia la escuela.

Pero sucede que tampoco don José sabía leer o escribir, por lo que fue de prisa a la Plaza a que el escribiente, el señor Miguel, leyera la misiva en voz alta. Al escucharlo, decidió usar sus servicios para responderle a Pepe, pero antes le dijo: “¿puedo pagarle con flores?” El letrado aceptó y el viejo jardinero dictó su carta agregando  otra reprimenda.

Y así fueron las cosas. Abuelo y nieto se comunicaban por carta a través de su intermediario, sin que uno ni otro supieran que lo tenían en común.

Los siguientes mensajes se fueron suavizando, con un poco de ayuda del “escribidor”. Ambos se enteraron de lo que les molestaba, lo que les preocupaba y lo importantes que eran uno para el otro.

Pepe supo que su abuelo estaba cansado y no tenía pensión después de haber trabajado tantos años. Su abuelo conoció más de los sentimientos del niño y de que realmente le importaba, a pesar de las palabras duras que a veces le decía.

Y otros milagros sucedieron: Pepe le tomó gusto a la escuela, a estar con otros niños, ser parte del equipo de fútbol; aprendió a escribir palabras, a expresar sus ideas y a redactar una carta, firmándola él mismo, donde pedía al gobierno una pensión para su abuelo. Este consiguió su remuneración y luego del tiempo su descanso, “hasta el final de su vida, inviernos y veranos”.

Pepe creció y se convirtió en un servidor público que ayudaba a la gente y descubrió que “le gustaba mucho escribir y lo hacía de vez en cuando”, con un poco de invención.

La historia de Ana María Machado es fluida, amena e inspiradora. De carácter social, realista y humana, con el brillo de la esperanza.  Sus personajes, definidos y auténticos, dos almas que pudieron conectarse a través de las palabras y decir lo que realmente sentían y que al final crecieron, así como sus cartas y como las flores del jardín del abuelo, hasta llegar a convertirse mejores personas y más felices.

Es un relato que muestra los valores de la honestidad, el amor y respeto por la familia, la justicia, la superación y la importancia de aprender.

Nos enseña que escribir no solo sirve para dar información, sino para expresarnos, comunicarnos, reconciliarnos, entendernos y hasta salvarnos.

Nos insta a que cada individuo aporte su grano de arena y haga de esta sociedad algo mejor, palabra por palabra, acción por acción, y escribir “cosas aunque no sean cartas”, y “contar historias, como esta misma”.